miércoles, 2 de marzo de 2011

EL EXORCISMO DE LA RELECTURA

LA LECTURA EN VOZ ALTA

La lectura en voz alta es un excelente ejercicio para mejorar la comunicación verbal.  Si se lee constantemente en voz alta, con buena respiración, buen volumen, buen tono, buena dicción, buena pronunciación, se mejorará notablemente la expresión verbal. 

A continuación, se proponen algunos textos cortos, léalos en voz alta, haga las inflexiones de voz adecuadas y respete los signos ortográficos.

Trate de hacer la lectura en frente de un espejo o hágale en frente de una persona que pueda evaluar los aspectos verbales que se implican en la lectura. 



EL EXORCISMO DE LA RELECTURA
Ernesto Ochoa Moreno

Es un rito nocturno.  Cuando los desasosiegos del insomnio vuelven insufrible el lecho, uno se levanta y va a la biblioteca.  Allí, desde su apretujamiento, en los anaqueles, los viejos amigos (para mí los libros son como muchachas en flor y deberían pertenecer gramaticalmente al género femenino) empiezan a hacer guiños y coqueterías.  Uno se acerca y recorre con la mirada primero, y luego con las yemas de los dedos, los lomos, los lomos de los volúmenes adormecidos en su dulce quietud.  Se siente el sobresalto mínimo que les produce el roce.  Son seres silenciosos y callados, pero apenas sienten la presencia del amante, se alborotan, exigen caricias y no descansan hasta que son tomados entre los dedos y olfateados, manoseados, amados sin escrúpulos ni inhibiciones en la desnudez de una lectura lenta y gozosa.

Es el rito de la relectura.  De pronto la vida se frena, en el tiempo y en el espacio.  El viejo lector se vuelve atemporal y, por tanto, eternamente joven.  Allí están los títulos leídos en el pasado.  Y están también esas obras compradas quién sabe cuándo y que han esperado pacientemente por años este momento de un primer encuentro.  Es casi un orgasmo espiritual el momento en que, sin ninguna razón, el insomne se detiene y libera de la presión del anaquel el volumen inesperado, que lo mismo puede ser del autor al que se le rinde culto personal, como de algún ilustre escritor desconocido par el que no había habido tiempo antes, o de uno de los muchos leídos a lo largo de la vida.  Y empieza el juego amoroso de la relectura.  Se advierte que hay libros que han esperado tanto en la biblioteca, que leerlos por primera vez es también una relectura.

Para mí, y uso la primera persona para no dar la sensación de estar pontificando, si la relectura no está condimentada con el reencuentro sorpresivo, pierde su encanto.  Hay relecturas programadas, relecturas racionales.  Pero aquella a la que estoy haciendo referencia es como los primeros amores juveniles, que perviven allá, detrás del corazón y brotan impensadamente en cualquier esquina de la vida, porque un sonido, un aroma, un mínimo vestigio los levanta del olvido.

La relectura no es un acto intelectual, ni mucho menos un alarde de erudición.  Esta clase de relectura de la que hablo es una emoción de los sentidos.  En el tacto renace el grueso del volumen; en el olfato, los aromas que se desprenden, como mariposas invisibles, de entre las páginas; en los ojos, el color amarillento del papel, la carátula borrosa y el añejo diseño gráfico.  Y, luego, en el silencio de la lectura, se revivieron una intensidad inesperada los momentos de la primera vez en que se tuvo un libro entre las manos.  Todo un mundo reconstruido, revivido. 

Es un placer indefinible.  Y, de contera, un conjuro para espantar los fantasmas de esta despiadada y atosigante realidad que nos circunda.  Por eso, y el lector sabrá disculpar, mejor que hablar de otros temas de actualidad, me he tomado hoy la libertad de dedicar esta columna a mi exorcismo favorito para arrojar del alma los demonios del desencanto y la desilusión que causa la situación actual del país.  Haga la prueba y verá.

No hay comentarios:

Publicar un comentario